Cuando Claudia se fue, después de haberle
descubierto el secreto de “la bella luz”- desde entonces fue así como decidí
llamarla- me vi solo; nunca me había dado cuenta de mi soledad, nunca me había
percatado de que, en todo momento, a lo largo de mi vida, me había dedicado a
llenarme de acontecimientos que me impedían estar a solas conmigo mismo. Así
pues me dispuse a estar así, a solas conmigo, sin saber qué decirme. Me di
cuenta entonces de que no me conocía en absoluto. Turbado por la sensación de
estar en mi salón con un extraño hice lo que mejor sabía hacer, huí de mí, puse
música y me fui a la cama. La noche iba pasando. Una tras otra iban llegando a
mis oídos las mejores piezas musicales creadas por maravillosas mentes y
tocadas con gran maestría, y una tras otra iban pasando hasta terminar el CD
por completo. Y allí seguía yo, despierto, sin poder dormir, con la cabeza
llena de mil preguntas y mil teorías, y a fin de cuentas, ninguna útil y
ninguna acertada. “¿Cuándo volveré a verla? ¿Y si no vuelve? ¿Dónde podré
encontrarla?”, y así sucesivamente iban y venían preguntas a mi cabeza, las
cuales divagaban entre mis pensamientos, manteniendo mi cabeza ocupada. Casi
sin darme cuenta salió el sol. Tan ensimismado estaba que no intuí la claridad
del alba hasta que ésta no se convirtió en los primeros rallos solares. Toda la
noche sin dormir, toda la noche luchando con mis pensamientos y mis dudas, con
mis miedos y angustias, todo… para nada.
Agotado llegué al trabajo. Al
cansancio de una noche sin dormir, había que sumarle ahora el agotador
trayecto en metro. Como de costumbre la gente ojeaba las paginas de alguno de
los muchos periódicos gratuitos con los que a uno lo bombardean a la entrada,
leían un libro, luchaban por no dormirse o como los más atrevidos, se ponían
con los sudokus a darle al coco desde por la mañana. Yo, como siempre, iba
pensando en mis cosas, esta vez pensaba en la mala noche que había pasado y
trataba de olvidar los pensamientos que, durante la noche, me habían
atormentado. No quería llegar al trabajo y seguir hurgando en ellos. No,
mejor que me olvidase.
El teléfono no paró de sonar
en toda la mañana, por todos lados me salían cosas que hacer, faxes que mandar,
peticiones que cursar… y mi dolor de cabeza iba en aumento.“¿Qué cómo estoy?
¡No sé qué pasa hoy pero no doy abasto! ¡ya ves que si tengo mala cara!, no
sabes que mala noche he pasado, no he dormido nada de nada… ¿qué si me sentó
mal la cena? No Claudia por qué ¿a ti sí?... A menos mal ¡qué susto!, bueno,
luego a la salida te veo, espérame y nos vamos juntos que esta mañana no me has
esperado” le dije a Claudia durante el rato del café, pues coincidimos en la
cafetería de al lado del edificio en que ambos trabajábamos. Cuando salimos del
trabajo ya estaba anocheciendo y empezaba a refrescar, pero a pesar de eso la
tarde estaba muy bonita. Aún no hacía un frío excesivo, pero la llegada del
otoño ya se hacía sentir. Los árboles empezaban ya a cambiar el color de sus
hojas y los más tempranos ya empezaban a mudarlas. La vuelta a casa, aunque más
gratificante que la ida hacia el trabajo, era igualmente una odisea, pero, de
cualquier modo, era siempre mucho más llevadera de vuelta a casa que de
camino al trabajo, y como no, era más interesante si se hacía en compañía de alguien.
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